¡Cuánto extrañamos la inocencia de los años de nuestra niñez!

Por: Rosario Bazalar
Entonces, en cada segundo domingo de mayo todos lucíamos orgullosos -hombres y mujeres, niños y adultos- nuestro clavel rojo en la solapa o un clavel blanco si la habíamos perdido, que simbolizaba nuestro amor a ese ser tan sublime y especial que nos ha dado la vida y que siempre esta dispuesta a los sacrificios más grandes para que creciéramos y seamos felices.
Hoy, es probable que los hijos lleguen cargados de regalos de todo tipo a visitar a la autora de sus días. Pero, ¿Es el regalo más costoso, símbolo de nuestro amor? No lo es, ni lo debe ser, pero es casi seguro que no podremos resistir la tentación que nos embarga cada año, en ese día tan especial, de homenajear a nuestra querida mamá con alguna de las tantas alternativas que nos ofrecen las vitrinas de las casas comerciales.
Desde luego, ya no vemos a nadie -ni siquiera a los niños- con sus respectivos claveles rojos o blancos. Se ha perdido esa muestra de amor, entre ingenua e inocente, que lucíamos orgullosos en el Día de la Madre.
Insistimos, no está mal hacer regalos a la madre, siempre y cuando ello esté acompañado del verdadero sentimiento que debemos abrigar por quien nos alumbró y estuvo o está dispuesta a dar la vida por nosotros. Y no hay excusas, hoy es posible hacer llegar un regalo a alguien que está lejos con tan solo un click -maravillas del internet- pero lo mejor siempre será entregarlo en persona, con un abrazo que resuma todo el amor y agradecimiento por tenerla a nuestro lado, siempre en forma incondicional.
En pleno siglo XXI, cuando lo material parece dominarlo todo, es el momento de reflexionar sobre el verdadero significado este día especial, y recuperemos la inocencia perdida, para que seamos capaces no solo de lucir un clavel en la solapa, sino alfombrar de pétalos rojos el camino por el que transita nuestra madre, o construir con pétalos blancos una escalera que nos permita subir al cielo y encontrarnos con ella, para decirle cuánto la amamos.
Solo si recuperamos la inocencia de nuestra niñez, tendrá verdadero sentido celebrar el Día de la Madre, como ella se merece.
Depende de nosotros.
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